lunes 10 de diciembre de 2007

Lobos

Por Enagenaro González
Somos una jauría, lobos, depredadores insaciables. Juntos recorremos el bosque como sombras nocturnas. Frío polar en la madrugada de los días de cacería.
Atendemos sólo al instinto y a nuestros impulsos animales. No sabemos si habrá tiempo para el perdón más adelante ni nos importa. La libertad de la supervivencia nos llena de viento helado los pulmones. Concebir otro estado de ánimo es imposible: es la necesidad, el hambre la que nos guía.
Esta noche ha sido una más. Hemos recorrido de un lado a otro el bosque hasta vislumbrar incluso las montañas de piedra luminosas donde habitan los hombres, esos bípedos apestosos. Pero no hemos hallado suerte alguna. Ni una víctima que masticar, sólo gusanos y aves nocturnas que se burlaban de nosotros desde el cielo. Los ojos del búho, atónitos, nos han perseguido en nuestra carrera, se han reído hasta hartarse... ¿Cómo osan hacerlo? Bestias inmundas sin corazón ni sentimiento, algún día aprenderemos a volar...
Empieza a salir entre la bruma el sol, y, tendidos en esta meseta, con las lenguas fuera y casi muertos de cansancio, comemos del único alimento que se nos ofrece: negras trompetas de la muerte: sabroso augurio de nuestro destino.

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viernes 16 de noviembre de 2007

Resurrección

Enagenaro González se estrena en nuestra página con un relato breve y sorprendente que hará las delicias de cualquier aficionado al humor libre e inteligente. ¡Bienvenido!


Resurrección
por Enagenaro González

Había una hez que vivía feliz sobre la hierba. Era joven e inocente, y disfrutaba de la vida con total libertad. Su aroma atraía a todo tipo de insectos: escarabajos peloteros, moscas, arañas, etc.; y la mierda los recibía con una amplia sonrisa espiroidal, incluso aunque sabía que la mutilarían con sus pequeñas boquitas de animales minúsculos. Era parte de algo grande, algo quizá infinito, y eso era lo único importante. Su madre -una vaca lechera enferma- había hecho un esfuerzo enorme para mostrarle todo aquello y, por respeto a Mamá, no podía malgastar su corta existencia pensando en la muerte. Qué contenta estaba sobre la hierba, calentita, rodeada de bichos amigos...

De repente: CHOOOOFFFFFFFFFFFF. El pie de un niño la aplastó contra la tierra llevándosela consigo para siempre; aunque, ajeno a ello, el chico siguió corriendo como si nada hasta que tropezó con una raíz y cayó al suelo exhausto. Estaba cansado... muy triste y cansado.
Al rato, aparecieron por allí 5 muchachos más. Venían riéndose a carcajada limpia y, cuando encontraron al chaval, lo acorralaron como una manada de lobos hambrientos. Aunque el colegio se había acabado y estaban de vacaciones, no pensaban dejarle en paz, atormentándole cada vez que se les brindara la oportunidad.
Gustavo, que así se llamaba, no llevaba bañador, pero hacía tanto calor que no había podido resistirse a la tentación de pegarse un baño en el río. Como no quería mojar la ropa, la había dejado sobre unas rocas...total, por allí nunca pasaba nadie...
Desgraciadamente para él, aquel día sí que habría gente en el río. Los de su clase habían quedado para jugar al water-polo un poquito después de que a Gustavo le diera por tirarse a la poza. Habían ido casi todos, chicos y chicas, y, al descubrirle nadando tan tranquilo en pelotas, tuvieron la brillante idea de esconderle los pantalones, los calzoncillos y la camiseta bajo un arbusto, y empezaron a tirarle piedras para obligarle a salir del agua.
Cuando, al fin, salió, todos se le quedaron mirando. Muchos se reían como si nunca hubieran visto tales cosas y Gustavo, que jamás se había sentido tan vulnerable y ridículo, ni siquiera se preocupó por su vestimenta, sino que corrió como un rayo en huída hacia el interior del bosque. Lo que más le dolió fue ver a Teresa, la niña que le gustaba, reírse igual que todos los demás.
Los 5 muchachos que después le encontraron tirado en el suelo, llorando, desnudo y lleno de excremento de vaca por todo el cuerpo, casi sintieron pena del pobre chaval, pero les duró muy poco, y llamaron al resto de la clase para que contemplara el espectáculo.
Tras varios insultos y empujones, los compañeros de Gustavo se aburrieron por fin de él y volvieron a la poza, donde jugarían sólo durante unos minutos, pues pronto cayó una estrepitosa tormenta veraniega.
Gustavo, desnudo aún sobre la maleza, se dejó mojar sin ofrecer resistencia alguna a la lluvia, y las lágrimas que le caían de los ojos a borbotones se unieron a las gotas de agua pura que venían con fuerza desde el cielo. No podía imaginar en aquel momento de miseria absoluta que, a partir de entonces, su vida se convertiría en algo pleno y hermoso, y que ya nunca más se sentiría tan deprimido, pues había tenido la inmensa, casi imposible fortuna, de pisar con su pie derecho una caca de la suerte.

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miércoles 7 de noviembre de 2007

El Orden Tanatológico

Por Álvaro de la Riva

El Orden Tanatológico
por Álvaro de la Riva

En la oscuridad, en las tinieblas, algo le sucede al tiempo. No llega a detenerse, aunque se modifica de tal manera que, para quien está perdido, prácticamente deja de existir; o, al menos, pierde toda importancia, y se convierte en un mal menor. La lucha por la supervivencia ha tocado a su fin, y da comienzo un nuevo orden de cosas que siempre coge por sorpresa al penitente, quien ha de enfrentarse desnudo al nuevo reto que el Tránsito supone. Rezar ya no sirve, huir no se puede, y el deseo, tan inútil como en vida, sólo se verá superado por la sensación indefinida del más profundo terror.
Uno de los pocos seres humanos que realmente ha vivido este tránsito y ha regresado para contarlo, descartadas todas las experiencias falsas con que el cerebro endulza la muerte aparente, ha relatado su crónica a este humilde servidor, y a continuación se ha apoyado una pistola en la sien. Justo después de suplicarme que no revelara su verdadero nombre, se ha despedido con la siguiente frase:
-Las acciones en vida no marcan ningún camino; y ya que el fin es ineludible y pavoroso, cuanto antes, mejor.
Me cuesta más de lo que suponía dejar esto por escrito; mas, antes de seguir el camino de mi interlocutor, y colocarme yo también la misma pistola en mi atribulado corazón, he sopesado las consecuencias y he decidido que el ser humano tiene derecho a conocer en qué consiste la Oscuridad que lo aguarda tras el leve soplo de la vida. Haga con esta crónica lo que desee, amigo lector, pero decida o no seguir leyendo, con lo que a continuación se relata habrá de enfrentarse algún día. El libre albedrío no es más que un sueño vaporoso, que se desgarra fácilmente con las uñas de la auténtica verdad.

Crónica del señor A.M. sobre la trasposición del Umbral.

Y bien, amigo: ¿ha entintado ya su pluma lo suficiente? No habrá de hacerlo demasiadas veces, no me llevará largo tiempo este relato. No quisiera causarle ninguna molestia, aparte de la pequeña recogida que tendrá que efectuar cuando finalice, pero me temo que, puesto que está escuchándome, y veo que con atención, eso va a resultarme imposible: me veo obligado a perturbarle. Así pues, le pido disculpas por anticipado. Y ya, puesto que no encuentro motivo para dilatar la espera, me dispongo a hacerle una breve crónica de los horrores con que me encontré cuando, hace una semana, fallecí de forma definitiva, y fui traído de vuelta gracias a los esfuerzos de cierto estudioso de la muerte cuyo nombre no viene al caso.
“Siguiendo un curso natural de acontecimientos, mi corazón se detuvo de pronto a las tres y cuarto de la madrugada del 11 del presente. Sentí como si un ciclópeo puño me retorciera por dentro, y llegué a comprender, antes de caer, que los consejos de mi médico acerca de la alimentación y el ejercicio quizá no eran las patrañas que yo siempre había considerado. Perdí de pronto el dominio de mis piernas, y con un suspiro agónico, y envuelto en el dolor más intenso que había sentido jamás, el suelo acudió a mi encuentro con presteza.
“ Es en este punto en el que se supone que el alma se libera del cuerpo, y echa a volar en dirección a la brillante luz que se ve al final del túnel. No es así. Durante un lapso, que debió de durar cosa de diez o quince minutos, fui consciente, tanto física como mentalmente, de los esfuerzos de dos de mis hijos por reanimar mi cadáver, de los sollozos de mi mujer, y de los primeros momentos del traslado de mi ya fallecida envoltura al hospital. Vista mi intacta consciencia, comencé a torturarme con las imágenes de una autopsia, y de un enterramiento en el que sólo la conversión en polvo y ceniza me salvaría, eso esperaba, de una larga agonía bajo tierra. Sin embargo, a través del martilleo constante del dolor del pecho, me noté arrancado de pronto hacia la más absoluta oscuridad, que reinaba no al final de un túnel, sino todo a mi alrededor desde el momento mismo del arrebato.
“ La impresión era de vertiginosa velocidad, aunque nada en aquella oscuridad me servía de referencia. Sólo el dolor del pecho y un extraño murmullo que iba acercándose desde una infinita lejanía me permitían ser consciente de que aún existía, de que aún era yo mismo. Y finalmente, tras un tiempo que soy incapaz de concebir, vislumbré a lo lejos una extraña forma que se movía, acurrucándose sobre algo, afanándose. Pronto la alcancé, y descubrí que también conservaba la voz, pues no pude reprimir un grito de absoluto espanto al encontrarme frente a tal monstruosidad.
“ El murmullo que llevaba tanto tiempo escuchando lo producían las patas de aquella enorme criatura de forma de araña, que hilaba sin cesar una hebra de plata que se perdía en el infinito. Antes de pasarla de largo tuve tiempo de comprender que aquel hilo era el tiempo, y ella la encargada de tejerlo, avanzando siempre, sin mirar hacia atrás. Pero no se dignó a dirigirme la más mínima atención, tan enfrascada estaba en su labor, cosa que agradecí con toda el alma.
Todavía me encontraba gritando cuando desapareció de mi vista, y accedí entonces a una nueva oscuridad, esta vez espesa y pegajosa, como si el vacío en aquel lugar hubiera adquirido la cualidad del aceite. Mi sentido del oído se agudizó de nuevo, y escuché los susurros terribles de cientos, quizá miles de seres que me rozaban, que tanteaban con manos extrañas y amorfas cada centímetro de mi cuerpo, y comprendí su lenguaje aunque no se pareciera a nada que hubiera escuchado con anterioridad. Me prometían el tormento y el dolor eternos, y con sus guturales voces infernales se reían de mí con crueldad. Una palabra que no comprendí entonces se repetía constantemente en aquel coro demoniaco e invisible: Rettilnak, Rettilnak, Rettilnak... Pero al cabo dejé atrás también aquel denso espacio poblado por sombras malévolas que gozaban en la negrura, y de nuevo me quedé solo con el dolor de mi pecho.
“Tras otro lapso de incognoscible tiempo en el vacío, con la sensación de que estaba llegando a mi destino de manera inminente, noté de pronto que algo aullador me adelantaba velozmente y se dirigía al mismo punto que yo. Enseguida me pasaron varios más, y yo a mi vez rebasé a algunos que se demoraban. Percibí que me encontraba en una especie de senda, no demarcada por ningún elemento visible, pero claramente delimitada; pues aquellos desconocidos, que me dejaban atrás y a quienes yo podía apreciar como humanos de la más diversa procedencia, seguían todos la misma ruta. Sus alaridos me hicieron darme cuenta de que yo mismo estaba gritando, y a medida que nos acercábamos a un punto concreto, que ya vislumbraba resplandeciendo en el horizonte (si es que existía el horizonte), pude comprobar que nuestro sendero no era el único que se dirigía hacia allí. En efecto, miles y miles de desconocidas formas volaban desde todos los planos y direcciones imaginables hacia aquel insano resplandor violáceo, y de súbito entendí qué tenía que ser aquello. De no encontrarme ya gritando, me hubiera puesto a ello con todas mis fuerzas, pues no me era posible en modo alguno refrenar mi veloz carrera.
“Así, preso de la mayor desesperación, salí al encuentro de la Divinidad.
“Aquello era sin duda el centro del Universo, de todos los estadios de existencia, y lo que allí nos aguarda poco o nada tiene que ver con el venerable anciano barbado que tan a menudo gustan de pintarnos los ignorantes pastores de nuestro mundo. En aquel punto confluían todos los muertos, y en medio de aquel centro se hallaba sentado el Ser que regía todos los destinos. ¡Ojalá pudiera pensar que lo hacía de manera consciente, fuera cruel o bondadoso! Pero no: Su reino se limitaba a un hartazgo ávido de almas, a un banquete constante de materia viva que, quizá, Él mismo creó, y que volvía a Él en su más primitiva esencia.
“Pues lo que hacía aquel Ser, que no me siento capaz de describir porque no existen en nuestra lengua ni en ninguna lengua las palabras necesarias, era llevarse constantemente a la inmensa boca las almas que caían sobre su regazo, engullir sin pausa la esencia vital y asimilarla, y ni siquiera cuando eran tragados los espíritus podían dejar de gritar. ¿Comprendes? Eso es lo que nos espera. Ningún Paraíso, ningún Infierno, ni siquiera un piadoso olvido: sólo la eternidad formando parte de las entrañas del más absoluto terror. ¡Ah! Ojalá nunca hubiéramos sido engendrados; ojalá una epidemia nos borre a todos de la faz de la Tierra, y no sigamos alumbrando niños cuyo último destino sea servir de alimento a este abominable Dios de todas las cosas.
“Pero ya casi he terminado mi relato, y con él mi segunda estancia en este mundo. Me estremezco al pensar que pronto volveré a recorrer el mismo sendero, pero, puesto que el destino ha sido ya fijado desde el principio de los tiempos, no debo demorarlo más. No tendría sentido.
“Así pues, me hallé de pronto ante Dios, y vi que uno de sus descomunales brazos se extendía hacia mí para recogerme, y reparé en que algo parecido a una cadena de luz lo anclaba al vacío. Y de pronto, cuando ya aquellos dedos estaban a punto de rozar mi maltrecho cuerpo, sentí que algo tiraba de mí hacia atrás y me alejaba de Él a mayor velocidad incuso que la que me había arrastrado hasta allí. Pero no tuve tiempo de sentirme aliviado, porque antes de perderlo de vista clavó Sus horrendos ojos en mí, y pude ver en ellos la más cruel de las burlas. Con una carcajada me habló, en una voz que sonaba como el trueno:
“-Te esperaré aquí sentado. No eres el primero que me arrebatan, ¡pero todos regresan!
“Y con su risa martilleando mi cabeza regresé en un instante a la mesa de operaciones, donde mi cuerpo aguardaba con un nuevo corazón. Desperté a la vida gritando, como hacemos todos al principio, ¡quién sabe si al nacer sabemos ya el destino que nos aguarda, aunque luego lo olvidemos en un afán de supervivencia!, y durante horas no fui capaz de hacer otra cosa. Finalmente el doctor debió de pensar que administrarme un sedante no causaría demasiado daño a mi recién reanimado cuerpo, y me drogó hasta que dejé de torturarlo con mis gritos, y un espeso velo se corrió ante mis ojos. Un velo que, por desgracia, sólo me supuso un olvido temporal.
“Esto ha sido todo, amigo. Ahora ya sabe qué nos aguarda, y porqué mi voz es tan apagada como mi esperanza. Haga usted lo que crea necesario con mi relato: arrúguelo, quémelo, publíquelo. Sólo le pediré una cosa, y es que omita mi nombre en la autoría. No deseo que mis allegados vivan sus últimos momentos de feliz ignorancia siendo objeto de infundada burla por mi culpa. Aún no saben que he regresado de entre los muertos, y nunca lo sabrán, si Dios quiere... ¿Si Dios quiere?

Y con una carcajada propia de un demente dio por terminada su crónica. A continuación, como ya he dicho, se voló la cabeza. Aquí yace su cuerpo, a mis pies, y no es precisamente un consuelo ver que su expresión atormentada no se ha desvanecido. Supongo que ahora mismo estará recorriendo la oscura senda; quizá ha llegado ya ante la inmensa araña que teje el tiempo, o vaga a la vista del horrendo Dios, quien lo aguarda riéndose en el centro de todas las cosas. Lo ignoro.
Ojalá se haya equivocado. Ojalá todo haya sido un simple desvarío. Pero una llamada al doctor me ha confirmado que este hombre estuvo más de seis horas muerto, y aunque aduce posibles daños permanentes en su tejido cerebral, jamás oí a nadie hablar con tal coherencia como a mi interlocutor. Así que he amartillado el revólver, y escribo esto último con el cañón apoyado en mi corazón. Quizá lo alcance, y entonces quizá, sólo quizá, a sabiendas de lo que nos aguarda, podamos hacer algo, los dos juntos.
Que Dios me guarde en su seno. O en sus entrañas. Ya no importa.


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martes 30 de octubre de 2007

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